Naomi se giró abruptamente, más sorprendida que asustada; pero allí no había nada. Había reconocido el rostro de su amado, incluso se aseguraba a sí misma que había sentido el calor de su aliento acariciando su cuello. Abrió la puerta del retrete; aquélla frente a la cual le había visto, con una expresión de tristeza eterna que había estremecido el alma de Naomi; aunque tampoco encontró nada.
Se dio por vencida mientras su ojo derecho dejaba escapar una lágrima de dolida rabia ante la jugarreta provocada por sus sentidos. Se sentó allí y cerró la puerta; se llevó las manos a la cabeza, intentando aguantar el punzante dolor que escalaba por su garganta. Se diría que las lágrimas subían a dentadas por allí para llegar a su vía de escape.
- Naomi...
Entonces escuchó la voz de Paco, fuerte y claro. Empezaba a tener miedo; tenía los ojos desencajados y no sabía si sería capaz de soportar un engaño más. Podía ver con toda claridad, no obstante, los pies desnudos de un hombre, por la parte de abajo de la puerta. Preguntó con un hilo de voz si aquel que la había llamado era él.
- Naomi..., ¿creías que iba a abandonarte?
Aquellas palabras llenaron el corazón de la pobre mujer de esperanza; habiendo dudado siempre de la veracidad de supuestos hechos sobrenaturales, estaba dispuesta a creer, en aquel momento, que el amor era un lazo tan indestructible que ni la guadaña de la muerte podía cortarlo. Sin embargo, el tono con el que Paco pronunció aquellas palabras era demasiado monótono, afligido. No auguraba un feliz reencuentro; en todo caso, su amor había vuelto de entre los muertos para una última despedida.
Naomi abrió la puerta poco a poco. En efecto, había un hombre desprovisto de ropa frente a la puerta. De ser un maníaco, ya habría intentado entrar; así que, la mujer, terminó rápidamente de abrir la puerta.
Definitivamente era él.
- Naomi..., ¿creías que no vendría a por tí?
La mujer se llevó las manos a la boca para no gritar. Se fijó en el pene de su pareja, lleno de yagas sangrantes, de pus, de semen o de ambos. Una arcada sacudió el cuerpo de la desconcertada Naomi; así que levantó la vista para mirar a su amado a los ojos. Su mirada parecía igual de vacía, ajada por el tormento, que la suya misma cuando instantes antes se había mirado en el espejo. Ella se levantó entonces y lo abrazó.
- ¡Cariño! Cielos, ¡te he echado tanto de menos!... Y tú también has sufrido, ¿verdad?... ¿Dios, que te pasó?
Sus palabras tropezaban entre tanto sollozo, aunque no podía sentirse más aliviada tras aferrarse al cuerpo de su amado. Estaba allí, no era un espejismo.
- Deja el teatro, puta. ¡Me has matado tú!
Naomi sintió aquello como un brutal empujón que la obligó a caer sobre el retrete. En la voz y rostro de Paco sólo podía advertir ira.
- Yo... - comenzó a decir, aunque no sabía cómo continuar. No entendía lo que estaba pasando.
De todas formas, Paco no le dio oportunidad alguna de organizar su mente; rodeó con sus manos el frágil cuello de la confundida mujer y empezó a extrangularla. Pudo levantarla a pulso, como si ella fuese un muñeco de trapo. La zarandeó en el aire mientras la insultaba.
- ¡Puta! ¡Debí hacer caso a mi madre! Ella te había calado, ¡verdad, zorra? Creías que nadie descubriría cómo me mataste, pero no hacía falta; ¡la venganza revive a los muertos!
La violencia con la que el espectro de Paco agitaba el pobre cuerpo de Naomi, que intentaba defenderse lanzando patadas contra él sin que alguna pareciera alcanzarle, finalmente produjo que su cuello se partiera.
La mujer cayó sobre el inodoro, su mente permanecía levemente conciente, pero su cuerpo ya había perecido. Su cabeza estaba apoyada contra la pared, mientras el peso del cuerpo la arrastraba hacia abajo; sin que hueso alguno impidiera que una y otro formaran un ángulo recto. Naomi no podía respirar, de nuevo.
Paco había desaparecido nada más romper el cuello de la incrédula novia. La puerta del baño se cerró pausadamente. Sólo quedó el silencio.
EPÍLOGO
Joaquín se quedó en la puerta, dando caladas interminables a un cigarrillo ya consumido. Angustias recorría la casa de su hijo muerto entre lamentos y maldiciones; deteniéndose a cada paso; buscando una evidencia contra Naomi. Pronto, sus firmes pasos se hicieron tan pesados como el plomo, y su búsqueda se transformó en un paseo errático por un infierno de recuerdos. Cuando no pudo más, se sentó en el lugar que tenía más cerca y, casualmente, ése era la cama de Paco.
Allí rompió a llorar. Por primera vez, se arrepentía de haber sido tan necia y terca. Lamentó cada pelea que había iniciado con él por culpa de Naomi; por primera vez consideró que la chica pudo no mentir cuando le dijo lo mucho que amaba a Paco. Tal vez sus lágrimas eran tan sinceras como las suyas. Tal vez, las rencillas que tanto había distanciado a madre e hijo la tenían a ella misma como culpable. Angustias se avergonzó de haber deseado más de una vez que Naomi le hiciese un daño irreparable a su hijo para que éste viese cuánta razón tenía al desconfiar. Se avergonzó también de haber deseado, aquella misma tarde, que Naomi sufriese una terrible muerte por lo que le había hecho a su hijo.
Tanto odio la asqueó, finalmente.
Cuando pudo abandonar sus reflexiones, echó un vistazo a su alrededor. Se encontraba desorientada, necesitaba distraerse. Encontró un destrozado libro, abierto de par en par, sobre el escritorio de su hijo. Se levantó y ojeó un poco las primeras páginas. El autor afirmaba que existían personas con el poder de alterar la realidad a su gusto, podían deformar tanto su percepción como la de otras personas hasta cotas inimaginables; de forma inconsciente, normalmente, al principio. No leyó mucho más, no veía bien sin sus gafas y todo aquello le parecía una soberana estupidez.
Aquella tarde, un empleado de la limpieza encontró el cuerpo sin vida de Naomi en el servicio de señoras. La autopsia no reveló señales de violencia; tampoco existía droga o enfermedad alguna en su organismo que le produjera la muerte.